sábado, 7 de noviembre de 2009

Una albóndiga en el café

El café que permanece solitario, sin trozos de galleta, ni azúcar o leche flotando en la taza, quizás ignore el sabor que le confiere una albóndiga, el impoluto reflejo ordinario, nadando con sus grasas a la deriva entre orillas de cerámica.
Sabiendo que la carnosa albóndiga, que es de perejil, no tiene bandera alguna clavada en la sesera, que en su canto de patria chica flota en un café de tres al cuarto, tal vez se hunda, sin remisión, amargamente, para tocar con su torso el fracaso de bucear en un paladar, recio y vano, tirano, maloliente y sin frontera.

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