Cantaría una canción de cuna cada suspiro,
y diría revoltoso al tiempo que contento,
un abrazo al do,
una caricia el re,
un beso, la sinfonía entera en los labios del incendio.
Al estremecer la piel,
dejaría caer gotas en una cascada,
lo trémulo del ser.
Y la música repetiría voz en alto,
que la suma de cada canción,
resulta indivisible por cada encuentro.
Llorando al despertar de nuestros días,
si las notas hablasen,
serían enteramente tuyas.
Como la luna al violín
viajando en éxodos al sentimiento.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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