Una palmada a veces es el preludio del navajazo,
con tortura cariñosa y sonrisa de careta,
donde moradores esteparios y chupadores del aliento,
se afilan las garras de bronca y traición,
allí están los que piensan tirarte al barro,
con sus discursos de amistad y honra,
con los papeles de la jodida canción,
te dan un apretón con sus manos de lija,
y te despiden del mundo con sonrisa de fiebre.
En el limbo de los desarraigados te esperan
con los ojos hambrientos de consuelo,
llamando al penúltimo imbécil por su nombre,
al que sellan con un beso ardiendo en la frente,
en la calma de la franquicia tumbada,
los que con sinceridad te giran al socorro,
en su no olvidar de lecturas sonrientes.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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