Naufragante estuve en el mar de China, iba con una balsa de residuos y una vela hinchando a ventoleras
con el bufido del desaliento plutónico, me perdía para siempre entre olas de edificios de cien metros, me ahogaba, sin remedio a que sirenas del océano me abrazaran con escamas en las manos del sueño. Subido estuve al carro de mi muerte, con corceles endiablados galopando hacia el infierno de los mares y el averno catenario. Allí, precisamente me pudo rescatar un pirata de los de antes. Con vestido triturado y con barba en medio cuerpo, piel de foca y ojos de timoneles polvorientos. El canalla medía con exasperación la dirección de la palabra, chupaba el dedo y lo levantaba al aire húmedo, resfriando la saliva al tiempo que hacía abordajes con las cejas.
El muy cobarde me dejó sólo y a la deriva, con su yate de veinte esloras, navegando al soliloquio de los difuntos héroes que pierden la vida en sus gestas equinoccionales.
El pirata cobarde se fue huyendo. Vivía enterrando estraperlos que iba robando. El pirata cobarde murió en una isla. Nadie cabó su tumba. Ni lloró en su entierro.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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