Quemado lo ácido, lo amargo se disuelve.
Los tarros dulces de melocotón, llenos de un néctar de azúcar siempre apetecible para llevar a la boca, se convierten en el saboreo de naves de miel en un mar de sales, en el paladar de la lengua sedienta que se contrae y agrieta con la piel del limón.
Las noches amargas, que se disipan en los húmedos sudores de las doce campanadas a medio despertar del sueño, a medio entrar en él, son como esas incineraciones del limón, que acaban incendiadas a golpes de agua, extinguiendo el sofoco del regusto a limonero o del trago de cerveza, en una caída amarga en el estanque de la garganta.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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