Ante un espejo,
repite el reflejo del viento,
la cara,
tu mirada,
el guiño a tu rostro,
el infantil jugueteo,
que eres tú,
cuando te miras.
En las llanuras diametrales,
del reino pronombre,
tu trono eres tú,
con tu corona de espadas,
y tu consorte de adoraciones.
Con la fiel interrogación
al paso del tiempo,
con el juicio de tus palabras,
en un discurso detenido.
Extraviándose las otras voces,
que se sienten maltratadas.
Y tú,
machacando egos combativos,
prefieres solamente hablar de tí,
sin que suficientes hedonismos
planten averraciones
si ensayan con los ídolos,
de autoestimas sangrantes.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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