Como inquieto,
al sucumbir en inercias me quedé huérfano de mí,
mientras, seguías burlándote con máscaras de líquen,
sin lenguas,
con labios rutilantes,
en los que guardas besos exclusivos para los mártires,
ídolos del lamento invisible
y el sentir enlatado en madejas con cuadrículas de luz.
Solamente,
el empeño al pedir constantemente una escalera,
al trepar en harmonias de podiums vacíos,
cubren las lisonjas con sus medallas de la fiesta en el ombligo,
con sus cosquillas mañaneras,
y su farándula de lirios flotantes en las piscinas,
que nada con su piel de vino
y sus patitos amarillos que hacen carreras
al tiempo que dispara rayos el sol
mientras la luna se acuesta.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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