Siempre me atraganto al despedirme, siempre. Al decir adiós, me parecen imposibles las palabras que prefieren esconderse en su cueva de miedos, donde las únicas cuerdas que se alteran desengrasan el sonido, en una sinfonía a medias.
Cuando digo adiós, se me enredan las vibraciones con el hasta luego, torpes palabrejas viajeras, que buscan acostarse con los furtivos rechazos del silencio.
sábado, 7 de noviembre de 2009
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